“Nos encontramos a unas ochocientas millas de la costa. Quedan ya pocos supervivientes a bordo, los pocos que aguantamos tampoco estamos en plenas condiciones. No hay manera de comunicarse con la costa, y las aguas en las que nos encontramos son demasiado peligrosas como para intentar cruzarlas en un tablón de madera. Solamente nos queda esperar, a que alguien nos vea, o que simplemente nos llegue el momento. Tengo muchísimo frío. El barco tampoco se encuentra en muy buen estado, después de la tormenta su uso ha quedado totalmente mermado, hasta el punto de que solo nos sirve para no caer en las garras del mar...Aunque quién sabe por cuanto tiempo... ¿Qué hora será? Saco mi reloj de bolsillo para mirar la hora; no sirve. Un papel cae del reloj, intento agarrarlo, pero el viento lo arrastra hacia el agua; se trataba de mi una foto que nos hicimos mi madre, mi hermano y yo hace mucho tiempo, éra el único recuerdo que tenía de ellos. Tengo sueño, pero no puedo dormirme, quien sabe si volvería a despertar. Aunque a bordo todos duermen, no se oye mas que el ruido del mar y alguna gaviota que trina anunciando que va a empezar un nuevo día, a cada cual para mi mas largo… Rezo por que acabe de una vez esta pesadilla. No aguantaré mucho mas. Se me cierran los párpados...
De pronto, diviso una luz en el horizonte, no consigo distinguir qué es, el sueño me puede, tal vez sea un barco, una ciudad o simplemente el sol que sale…”
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